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La Gran Entrevista

Teresa Montenegro: «Dejé de ser la voz del noticiario para aprender a escuchar la mía»

Tras treinta y un años como conductora del noticiario central, habla con total franqueza sobre el retiro, el duelo por la identidad pública y los caminos que encontró para superar la ansiedad.

Entrevista exclusiva de Highlightix.org · Lectura de unos 15 minutos

Magazine portrait of a distinguished older Latin American woman with silver hair

Durante treinta y un años, Teresa Montenegro fue la voz que miles de familias chilenas escuchaban a la hora de la cena. Su manera serena de dar las noticias, incluso en los días más difíciles del país, le valió el cariño de varias generaciones y un lugar en la memoria colectiva de la televisión nacional.

Hace dos años leyó su último titular, se despidió con una sonrisa contenida y apagó para siempre el micrófono del noticiario central. Lo que vino después no estaba en el libreto: noches sin dormir, una ansiedad que no sabía nombrar y la sensación de haber perdido de golpe el espejo en el que se reconocía.

Nos recibe en su casa de Ñuñoa, rodeada de libros, con una tetera sobre la mesa y la calma de quien ha recorrido un largo camino. La conversación se extendió por casi tres horas. La reproducimos aquí con mínimos ajustes, porque creemos que su honestidad puede acompañar a muchas personas que hoy sienten el mismo vértigo.

¿Cómo recuerda el último día en que se sentó frente a las cámaras?

Lo recuerdo con una nitidez casi cruel. Había preparado mi despedida durante semanas, la había ensayado frente al espejo, y cuando llegó el momento me salió impecable. Sonreí, agradecí, me despedí del equipo. Todo el mundo me dijo que estuve fantástica.

Lo que nadie vio fue lo que pasó después. Me subí al auto, cerré la puerta y el silencio me cayó encima como una frazada pesada. Me quedé casi veinte minutos en el estacionamiento sin poder encender el motor. No lloraba de pena, lloraba de desconcierto. Pensé: ¿y ahora qué hago mañana a las ocho de la mañana? Durante treinta y un años esa pregunta tenía respuesta. De pronto, no.

¿Cuándo apareció la ansiedad por primera vez?

Paradójicamente, no apareció el primer día, sino a las tres o cuatro semanas. Al comienzo hay una especie de euforia, uno se dice que por fin va a descansar, que va a viajar, que va a leer todo lo que dejó pendiente. Pero el cuerpo tiene su propia memoria y mi cuerpo seguía funcionando con el reloj del noticiario.

Los domingos en la tarde sentía un vacío en el pecho, el mismo que antes antecedía a una semana intensa, solo que ahora no había semana intensa. Una mañana, haciendo la fila en el supermercado, me empezó a latir el corazón a toda velocidad, me faltó el aire y pensé que me estaba muriendo. Era una crisis de pánico. Tardé meses en entender que lo que me pasaba tenía nombre y que se podía tratar.

¿Qué fue más difícil: dejar el trabajo o dejar de ser «la Teresa de la tele»?

Sin duda lo segundo. El trabajo uno lo extraña, pero se puede reemplazar con otras actividades. Lo que no se reemplaza tan fácil es esa identidad pública que uno termina creyéndose. Me saludaban en la calle, me pedían una foto, me llamaban por mi nombre de pila como si fuéramos amigos de toda la vida. De pronto, esa corriente de reconocimiento se fue apagando.

Un día estaba en una farmacia y la señorita que me atendió me preguntó mi nombre para la boleta. No me reconoció. Y me dolió, me dolió más de lo que quiero admitir. Ahí entendí que había confundido ser reconocida con ser querida, y que tenía que reconstruir la segunda cosa por mis propios medios, lejos de la pantalla.

Mucha gente teme a la jubilación por lo económico. ¿Qué pasó con la incertidumbre de la pensión?

Fue una parte importante de mi ansiedad y creo que no se habla lo suficiente. En Chile todos conocemos a alguien que se jubiló y vio que la pensión de la AFP no se parecía en nada al sueldo que tenía. Yo tenía ahorros y cierta tranquilidad, pero igual me despertaba a las cuatro de la madrugada haciendo cuentas en la cabeza: si vivo hasta los noventa, ¿me alcanzará?

Lo que me ayudó fue dejar de hacer esas cuentas a oscuras. Pedí una asesoría previsional, me senté con una persona que me explicó con paciencia mis alternativas y armamos un presupuesto realista. Nada mágico, pero el miedo cambió de tamaño cuando lo puse sobre la mesa y lo miré de frente. La incertidumbre se alimenta del silencio. La información, aunque no sea perfecta, la desinfla.

Había confundido ser reconocida con ser querida. Tuve que reconstruir lo segundo lejos de la pantalla.

Teresa Montenegro

¿Cómo empezó a reconstruir su identidad? ¿Quién es Teresa sin el noticiario?

Es una pregunta que me hice muchas veces frente al espejo, y al principio no tenía respuesta. Mi terapeuta me propuso un ejercicio sencillo: anotar, durante un mes, las cosas que me hacían perder la noción del tiempo. No las que me daban prestigio, sino las que me absorbían. Aparecieron cosas pequeñas: leer en voz alta, cocinar para mis amigas, conversar con gente que no tenía apuro.

Con esa lista a cuestas me ofrecí como voluntaria en la biblioteca de mi barrio. Los martes y jueves leo cuentos a un grupo de niños. Los primeros días llegué con una voz demasiado profesional, de noticiario, y los niños se aburrían. Me dijeron: «tía, léelo como si fuera de verdad». Ahí aprendí a usar mi voz sin personaje. Esa Teresa, la que lee con los niños, creo que es más yo que la que salía en pantalla.

Older Latin American woman volunteering and teaching reading to children
Teresa en la biblioteca de su barrio, durante una de sus tardes de lectura con niños.

¿Qué herramientas concretas le han ayudado a convivir con la ansiedad?

Primero, aceptar ayuda profesional. Empecé terapia psicológica y, junto con mi médico, evaluamos qué más necesitaba. Segundo, el cuerpo: salgo a caminar todas las mañanas por el parque, con buen paso, aunque haya frío. La luz de la mañana y el movimiento me ordenan la cabeza mejor que cualquier consejo.

Tercero, la rutina. Parece una palabra aburrida, pero para mí fue un salvavidas. Hoy mis días tienen estructura: caminata, desayuno sin pantalla, lectura, la biblioteca los días que corresponde, un rato para escribir. También dejé de ver noticias por la mañana; llevo décadas dándolas y mi sistema nervioso necesitaba un descanso. Y cuando me asalta la angustia, respiro lento, cuento hasta cuatro, sostengo, suelto. Suena simple, pero repetido mil veces, funciona.

Older Latin American woman reading a book in a sunny home library
Las mañanas de lectura y té se volvieron parte esencial de su nueva rutina.

¿Qué papel han tenido su familia y sus amistades en este proceso?

Fundamental, aunque al principio me costó dejarme ayudar. Yo estaba acostumbrada a ser la fuerte, la que tenía todo bajo control. Me costó mucho decirle a mi hija que no estaba bien. Cuando por fin lo hice, ella me abrazó y me dijo: «mamá, llevo meses esperando que me lo digas». Eso me hizo pensar cuántas veces nos ahorramos la ayuda de los demás por orgullo.

Mis nietos me devolvieron el juego, el tiempo sin reloj. Y mis amigas de toda la vida se convirtieron en un sostén cotidiano: tenemos un almuerzo los jueves que ya es sagrado. También me acerqué a un club de adulto mayor del barrio, donde descubrí que mucha gente pasaba por lo mismo y nunca lo había conversado. Compartirlo quita la vergüenza. Uno se da cuenta de que no es una falla personal, es una etapa de la vida que casi nadie nos enseñó a transitar.

¿Qué le diría hoy a una persona que siente pánico de jubilarse?

Le diría que su miedo es razonable, que no tiene nada de ridículo ni de exagerado. Es el miedo de quien ha construido su vida alrededor de algo y siente que se le mueve el piso. Le diría también que no espere a estar jubilada para empezar a prepararse: que cultive amistades fuera del trabajo, que pruebe actividades que no tengan que ver con su profesión, que converse con su familia sobre lo que viene.

Y, sobre todo, que se permita sentir. Yo perdí meses intentando disimular que estaba mal y eso solo empeoró las cosas. No hay una forma correcta de jubilarse. Hay días luminosos y días grises, y está bien. Lo importante es no atravesarlos sola. Pedir ayuda no es una derrota; es una forma de inteligencia. Y la vida después del trabajo, se lo aseguro, puede ser una de las etapas más ricas, si uno se da el permiso de reinventarse.

Reflexión final

Al despedirnos, Teresa nos acompaña hasta la puerta y se detiene un segundo en el umbral. «Hace dos años pensaba que mi vida había terminado cuando terminó el noticiario», dice. «Hoy creo que simplemente cambió de género: dejó de ser informativo y se volvió una buena conversación».

Su testimonio nos recuerda que la jubilación no es solo un trámite previsional, sino una transición profunda de identidad, de rutinas y de vínculos. La ansiedad que a veces la acompaña no es una señal de debilidad, sino una respuesta humana a un cambio enorme. Y, como ella misma demuestra, también es una puerta: hacia una voz más propia, hacia nuevos afectos y hacia días con un sentido elegido y no impuesto.

Si estas palabras le resonaron, quizás sea el momento de conversar con alguien. En nuestros círculos y espacios de acompañamiento encontrará personas que han pasado por lo mismo y que estarán felices de escucharle.

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